Porque (y ¿por qué?) soy grosera.
Después de tanto reflexionar durante una larga (bueno, en realidad no tanto) ducha, llegué a 5 puntos por los que soy una grosera. Y no, no es que quiera cambiarlo, es que me gustan muchísimo: las groserías.
- Antes que nada viene la herencia y la costumbre. Nací de una madre que adora regañar, felicitar y demostrar amor a través de ellas; a su vez, ella proviene de una familia de larga tradición de groserías y albures… No se podría esperar de ella o de mí algo más que ser unos excelentes recipientes y vertedores de tan delicadas y pintorescas palabras. Por ejemplo, en mi casa para demostrarnos todo el amor que hay entre hermanas solemos llamarnos “perra” o “zorra”, todo con mucho cariño, por supuesto. A mi hermanito le va un poco peor (esto con respecto a quienes no le place mencionar ni una sólo mala palabra… aunque puede resultar ofensivo también para los groseros de oficio), sí, porque le decimos “puto”, de verdad que no hay ningún odio hacia él, sólo amor. Así pues, este primer punto se caracteriza por la grosería amable o cariñosa.
- No hay nada más liberador y extático que soltar una que otra palabrota cuando algo sale bien: sea que tu equipo favorito anote o gane una copa (sin importar el deporte), que apruebes una materia que te costó muchísimo trabajo o que no esperabas aprobar, que ganes algún premio (aunque sea una estampita en una bolsita de papas), que te recibas, que salgas vivo de algún accidente, que conozca a tu artista favorito, que encuentres un libro o un disco que has buscado por largo tiempo, que no se haya acabado el helado del sabor que te gusta justo cuando tenías el antojo, que el chico/a que te gusta te salude conciente de quien eres por primera vez, que realices un viaje a un lugar siempre ansiado, que todavía recuerdes como sacar una raíz cuadrada sin tener que usar la calculadora, que encuentres lo que quieres hacer para toda la vida… ¡y que puedas hacerlo! En fin, creo que ya les di un poco la idea de lo que quiero decir, ¿no? Aquí mi frase grosera favorita es ¡A huevoooooooooooooooooooooooooooooo! Cuando la siento nacer con toda la fuerza desde mis pulmones, mi corazón, mi estómago, mis piernas, mis venas, desde un lugar que no sé si sería capaz de describir, sé que todo está bien y que soy feliz. Y no sólo la felicidad provoca el incontrolable deseo de soltar una grosería, en esta categoría también entran el enojo, el dolor, el placer, la sorpresa… uno nunca se queda sin palabras si en su vocabulario se encuentra una linda y adecuada grosería para la ocasión.
- Porque me caga que los pinches puristas de la lengua y la etiqueta se la mamen diciendo que una persona se define por el vocabulario que usa. ¡Qué se vayan mucho a la chingada los putos! Si por decir una pinche grosería soy una pendeja que no se merece ni siquiera el pinche derecho de hablar o de opinar, entonces ellos son unos pinches pendejos ojetes que no deberían llamarse seres humanos porque rechazan unas de las cosas más puras, naturales y hermosas que es el desahogo del alma y la mente a través del ingenio e invención de palabras que expresan el sentir más profundo de una persona. Y no, éstas no son pendejadas… espero, ¡ja!
- El carácter de una persona se demuestra a través de las groserías que dice o no dice. La mayoría de las personas que conozco (OJO: esto se refiere únicamente a mi experiencia, no significa que toda la gente sea así, bien puedo estar equivocada) que son de carácter fuerte dicen o les gusta decir groserias, ya es parte de su personalidad. En cambio, a las personas más pasivas que conozco les desagrada incluso escuchar una grosería, no digo que se pueda ir por la vida ofendiendo o maldiciendo, pero, a veces, un poco de alivo al cuerpo y al alma no hace mal, por lo menos antes de estallar de otra manera aún peor que la de soltar una mala palabra. Además, de una u otra forma TODOS, alguna vez en la vida, se han sentido bien diciendo o gritando una grosería cuando algo sale de la puta madre (o sea, bien) o de la chingada (o sea, mal), o viceversa.
- Porque prefiero mandar a alguien a la chingada que matarlo o odiarlo… algo que en el mundo hace mucha falta. Sería mejor simplemente ofender al otro con palabras y olvidar los daños que se han hecho o que se planean hacer.
He aquí una de las reflexiones más inútiles que he realizado en mi vida, después vendrán otras tantas más…
Ahora todos, ¡vayan y chinguen a su madre! (DICHO CON TODO EL AMOR Y CARIÑO DEL MUNDO)

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